España jugó mejor que Francia y Argentina. Es el campeón del mundo. El hecho es indiscutible. Aquí queremos ensayar otra cosa, entender la crisis reputacional de la selección argentina, una crisis de imagen que traviesa el balón, sale del estadio y explota en las redes sociales de una manera viral no vista antes. El aliento futbolero de los aficionados fue escalando en odio a medida que una deepfake fue comiéndose el sentido común y fijando el relato que el mundial estaba arreglado por Infantino. El bulo creció y creció, la propia afición argentina blofeaba con ese imaginario, generando mayor alcance y reafirmando la falsa noticia con actitudes propias de “la argentinidad”, dicen los ingenuos en Buenos Aires.
La mentira subsumió a la realidad.
Argentina quedó atrapada en el algoritmo global: hoy Messi representa anti-futbol para millones y Argentina queda aislada en un bucle.
¿Por qué así?
Aquí disparamos una explicación desde la tribuna.
Uno. Argentina y la agenda de la FIFA.
Nunca habíamos visto operar a escala planetaria un sentimiento adverso inducido, prefabricado y dirigido para estrellar la reputación de algo o alguien. Ha sido brutal. Argentina inició como favorito junto a España y Francia. Un mes después pierde soporte planetario por algo que las redes sociales dicen es verdad: el apoyo incondicional de FIFA para construir el bicampeonato, “la segunda más linda de Messi”.
La FIFA, citando al gran Maradona, no tiene favoritos solo tiene intereses. Todas las decisiones de Infantino son racionales. Congratularse con Trump para dejar que el balón ruede y los estadios logren llenos totales y la ICE no haga redadas en ciudades santuario de amplia afición futbolera. El manejo de relaciones públicas de Infantino con Messi es también racional: Lio es catalogado el mejor jugador del mundo según el marketing de la propia industria deportiva. Hay que facturar con Lio, canta Shakira balanceando las caderas.
Todo ahí es una lógica comercial. Infantino cuida el negocio del fútbol así tenga que excluir a los aficionados y desplazarlos a los dispositivos de control de masas llamados Fan Fest, los cuales fueron resignificados por la propia afición a nivel de calle.

Y en esas dialécticas comunicativas es donde el diseño mercadológico de FIFA empieza a romperse. Toneladas de mercadería china sin licencias oficiales, transmisiones sin registro en barrios pobres del mundo, conversaciones periféricas en podcast, geopolítica iraní en Tijuana, agendas paralelas y algoritmos aumentados.
La fase de grupos y la ruta eliminatoria posibilita un tránsito lógico comercial para que las selecciones de fútbol de siempre tengan una mayor exposición en la justa mundialista precisamente por el peso económico de sus respectivas aficiones, es subrayo, una lógica de negocio que no está hecha para favorecer a un solo equipo sino a todos los equipos de mayor peso de mercado: Brasil, Alemania, Inglaterra, Francia, España, Argentina y ahora también Estados Unidos.
Este diseño convencional quedó expuesto con la sorpresa de Cabo Verde y sometido a presión de modo orgánico por millones de aficionados en el mundo que veían injusto el sistema de grupos y eliminatorias.
La indignación fue la resistencia contra los abusos corporativos de Infantino.
Dos. El algoritmo contra Argentina.
El algoritmo es ingeniería aplicada para reorientar la conversación digital y producir una gramática específica y reproducir sentido. No es inocente, el algoritmo parafraseando a Antonin Artaud es una cochinada.
Al fijar un marco referencial, la reproducción de sentido ocupa de diseminarse, atravesar las cosas, resignificarlas y así poder sustituir lo real por una simulación.
Y el simulacro fue instaurar que Argentina es igual o peor que la FIFA.
Esa sospecha ofendió aún más a las aficiones del planeta, que de por sí ya odiaban a Infantino por privatizar el fútbol y reducirlo a placer de las élites. El algoritmo explotó a escalas cada vez más amplias: ¡Qué pierda Argentina!

El giro narrativo fue tremendo. Cambió de objeto pulsional.
La FIFA salvó el negocio de la FIFA y arrojó a las redes sociales la maltrecha imagen de los argentinos, Messi fue incluido como un chivo expiatorio para ser sacrificado y poder restablecer el orden del discurso corporativo. Durante el mundial, Messi fue sionista, supremacista blanco o reptiliano. Concentró en su imagen la conversación digital anti argentina a un costo cognitivo mínimo ya que el sujeto vive los partidos en modo “mundialista”, es decir, siente en el instante y busca recompensas inmediatas como gritar o beber cerveza o consumir un imaginario permisible con sus emociones primarias y pulsiones básicas contra el otro.
El manejo situacional pasó de anclar un arquetipo a través de una mujer argentina gritando insultos racistas contra el influencer Speedy que cuenta con más de 150 millones de seguidores en diversas plataformas hasta la generación calculada de contenidos por personalidades de alto perfil digital y miles de outlets como Talk Sport para aumentar la conversación y amplificar el alcance de millones de micro transmisiones en vivo a través de Insta y X de las fechorías cometidas por supuestos aficionados argentinos.
Solo en México, una noticia falsa tiene un alcance potencial entre 200 y 500 publicaciones no verificadas en las primeras 48 horas. Los eventos violentos, tiene una tasa de amplificación de 5% a 10% adicional capaz de dañar una reputación digital entre las primeras 9 horas.
La reputación digital de Argentina fue emplazada por millones de parodias, sátiras, memes, contextos falsos y engañosos, así como insultos raciales. Todo este embate borró el sentido común: cada jugada, cada palabra y cada gesto del seleccionado argentino fue filtrado por el marco referencial construido dentro del algoritmo dominante por fuera de lo que realmente sucedía en la cancha con el balón durante el partido semifinal y final.

Ya no importaron los hechos sino el relato dentro del marco referencial donde hasta los conciertos de Rosalía en la Movistar Arena en CABA adquieren otro significado. La ultra derecha de Milei gana con este asilamiento digital de Argentina porque confirma su propio relato de la excepcionalidad del modo de ser argentino: nosotros contra el mundo, dice la propaganda oficialista.
Hoy todos debemos aprender a manejar estos ataques globales con monitoreo, contención, serenidad y pedagogía digital.
Ya que amarnos los unos a los otros no resulta, ¿por qué no probamos amarnos los otros a los unos?
Mafalda.
Oscar Juárez, politólogo.

Nota: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.