Mi primer mundial, el mío de la infancia, fue en las calles de las periferias industriales del México 1986. De un país que venía del sismo y de la primera crisis bancaria pero donde el balón rodó feliz en la ciudad. Había banderas tricolores en las casas, fábricas, tiendas y coches. No existía esta nueva modalidad de pagar licencias por ver el fútbol en el televisor, bastaba sentir la afición. El mundial estaba menos corporativo y más popular, menos privatizado y más deportivo. Los partidos fueron transmitidos con televisores y radios en las escuelas, cantinas, oficinas y barrios. Ciudad Neza, Toluca, Puebla, Querétaro y la Ciudad de México fueron los epicentros futboleros en la región del altiplano mexicano.
Vivimos un bonito mundial y guardamos en nuestra memoria futbolera el gol de media tijera de Manuel Negrete contra Bulgaria y la Mano de Dios de Maradona.

Hoy el balón volvió a rodar en México y el pueblo, los desplazados de las gradas del Estadio Azteca, capturaron el mundial de nuevo y resignificaron el modelo comercial del Fan Fest de la FIFA. La pasión salió de la cancha a la calle, de Shakira a Juan Gabriel. La Copa del Mundo de las élites tuvo abajo otro ritmo, color y cadencia: Payaso de Rodeo, quiere volar, espuma, besos de tres y stage diving; el desmadre hecho como se pueda y con quien quiera de entre más de 1.4 millones de aficionados celebrando en el corredor Reforma el gol nacional.

Hoy todos los techos de cristal futboleros fueron rotos. La gente celebró en las calles por millones. La oferta de camisetas de la Sele, entre oficiales y piratas, han sido las más vendidas en el mundo. La estética mundialista mezclada con la cultura popular urbana de millones de mexicanos es impresionante. La selección logró un buen balance. El pueblo sabe ganar. Sueña y cree. Siente y apoya. A diferencia de otros mundiales, hoy no jugamos a no perder, sino que jugamos a ganar. ¿Por qué no? dijo Gilberto Mora. ¡A que sí!, reafirmó Belinda. ¡Ahuevo!, exclamó la calle.
Hay ganas de creer y crecerse sin derramar tanto mole, como hablan en Tepito.
El nacionalismo mexicano vibra en el futbol y juega geopolítica planetaria para plantarle cara a Trump desde el pasto sagrado del Azteca. El mundial nos deja más unidos que nunca. México gana la imagen internacional de un país estable. El pueblo mexicano entrega hospitalidad. El mundo reinterpreta a los mexicanos.
Aquí hay mucho pueblo y el balón seguirá rodando. Fuimos contra Inglaterra, seleccionado que tiene una nómina millonaria y juega en la liga más glamorosa del planeta, pero como declara ese pragmático del futbol que es Rafa Márquez: jugamos fútbol con dos pies y con el corazón. Inglaterra quedo atrás. Definió bien. México se quedó corto en frente a la portería de Jordan Pickford. Así es el futbol. Una pasión alegre o una pasión triste.

Fueron más de veinte días de alegría futbolera que nos reencontraron con nosotros mismos en un común y hoy nos hacen más fuertes.
¿Qué puede frenar a un pueblo emocionado? Nada. Solo el fútbol puede salvar al fútbol. Los latidos de la nación futbolera acompañaron a Quiñones, Raúl, Ochoa.
A partir de este mundial hay un nuevo sentir en las calles: somos un país ganador, somos un pueblo más grande que el reduccionismo gringo que busca meter toda nuestra poderosa, ancestral y diversa cultura en el estereotipo color sepia del “traficante terrorista”, hoy somos una nación orgullosa, vibrante, unida y abierta al futuro. Hoy tenemos conciencia del país que queremos ser. El fútbol logró unir nuestras roturas sociales y nos enseñó que juntos somos México.
¡No salimos siendo los mismos de Santa Úrsula!
¡Gracias Selección Nacional por tus alegrías!
¡Viva México!
Oscar Juárez, politólogo.

Nota: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.