Oscar Juárez Domínguez

Así es la historia de la Ciudad de México: una ciudad novohispana que inició como utopía renacentista y se quedó sin suelos para soñar.

El suelo es un recurso natural no renovable y el territorio una relación social significada sobre el suelo. Las territorialidades marcan un límite entre nosotros y los otros, trazan lo común, elaboran un sentido de pertenencia y asignan usos al suelo. La vida no es igual en Ixtayopan que en Ciudad Neza, en La Roma que en Santa Fe.

La gestión gerencial de suelo adoptada durante el periodo neoliberal deshace territorios comunitarios, modifica usos de suelo, transfiere inversión entre polígonos urbanos para formar valor comercial especulativo, vaciados de identidades hasta diluirlos en el no-lugar como Interlomas, en la alta densidad con usos mixtos como Mítikah y en lote periférico precarizado de Valle de Chalco.

De la ciudad a escala humana.

México durante el Virreinato de la Nueva España tuvo el sistema de ciudades más funcional, ordenado y próspero del mundo: trazado reticular, edificación barroca, servicios romanos, forma renacentista, caminos, acueductos y belleza urbana. Las ciudades novohispanas como Puebla, Zacatecas, Valladolid, Acapulco, Guadalajara, Mérida, Tlaxcala, Veracruz y Oaxaca cohabitaban funcionalmente con pueblos como Mixcoac, villas como Guadalupe, haciendas como Careaga y Los Morales así como con rancherías, congregaciones y misiones que conformaban el sistema rural que envolvía lo urbano.

La Independencia implicó nuevas formas políticas que oscilaron entre monarquía y república con relaciones de propiedad fijadas sobre las antiguas formas novohispanas que colocaron en la hacienda el dispositivo productivo, político y cultural preferido por el Porfiriato para controlar ciudades, regiones y estados, conectados por el ferrocarril. El Paseo de la Reforma es hechura del Segundo Imperio, un paseo arbolado entre Chapultepec y Palacio Nacional que Maximiliano mandó a construir para la Emperatriz Carlota. El polígono envolvente fue equipado con desarrollos campestres para la nobleza imperial y ocupados posteriormente por la elite porfiriana. La gentrificación de esa zona viene entonces desde el proceso de urbanización de la propia ciudad de México e implica inversiones públicas históricas en infraestructuras y coberturas de servicios.

El nuevo régimen de la Revolución Mexicana rompe desde las ciudades el dispositivo agrario de control de la pax porfirista y facilita su parcelación comunal y ejidal, delimitando los nuevos sistemas urbanos-rurales para acelerar la industrialización del país y la construcción de carreteras y la reconversión modernista de lo urbano.

Imagen: Portal Académico CCH

La ciudad ideal del Nacionalismo Revolucionario es la Ciudad de México y, su artífice, su nuevo Tolsá, es Manuel Pani. Crecer es extender lo urbano, borrar los bordes de la vieja ciudad novohispana y su periferia porfiriana para construir y equipar el espacio público centrado en el automóvil, hacer ciudades jardín fuera de la ciudad, formar centros urbanos periféricos con zonas industriales, colonias residenciales suburbanas y unidades multifamiliares de inspiración soviética como la U.H. Los Rosarios, todo esto proyectado por Luis Barragán y Matthias Göring, esos alquimistas del suelo en el Valle de México.

De la ciudad desbordada.

No fue así. La ciudad sin bordes creció y creció y creció sobre las tierras volcánicas de un lago desecado, víctima de su propia lógica especulativa de suelos y racionalidades clientelistas de control político de la pobreza urbana y la dotación condicionada de servicios. La ciudad centralista y de alto consumo de suelos pasó de tener 1,4 millones de habitantes en 1940 a 3,1 millones en 1950. Al final del Desarrollo Estabilizador, en la ciudad vivían 6,9 millones de personas, provenientes en su mayoría del sur, sureste y occidente del país. La demanda de suelos no urbanizados creció. Los ejidos fueron lotificados, las zonas de transición y amortiguamiento de las ciudades jardín colapsaron y fueron tomadas por todos: desarrolladores, fraccionadores ilegales, pueblos, ejidatarios y agrupaciones paralegales como Antorcha Campesina.

La ciudad colapsó. Nadie quiso verlo. La reforma ejidal fue el acelerador del desorden. El régimen panista de la alternancia hizo de un derecho a la vivienda un negocio opaco: facilitó las altas densidades en suelos urbanos de reúso como en la alcaldía Benito Juárez o Cuajimalpa y toleró la especulación y la toma de tierras fuera de norma para la construcción de vivienda social polígonos de restricción o periurbanos no equipados, dejando un saldo actual de más de 3 millones de viviendas abandonadas en suelos monofuncionales del Valle de México donde no hay ley, ni Dios ni Estado, solo células criminales de extorsión y secuestro que ocupan esas viviendas como guaridas.

La Ciudad de México es hoy la octava zona metropolitana del planeta con más de 20 millones de habitantes que viven con los servicios saturados, las infraestructuras rebasadas, los suelos insuficientes y la movilidad fragmentada.

Imagen: Real Estate Market & Lifestyle

El futuro urbano sostenible dependerá entonces de una transformación radical de la gobernanza metropolitana, de nuevas capacidades institucionales entre alcaldías y municipios, transferencia de plusvalías, control de rentas, integración territorial en la prestación de servicios y formas de agencia para tener algo que nunca hemos tenido: ordenamiento territorial efectivo con coeficientes de uso de suelo y ocupación para volver habitables nuestras ciudades en el Valle de México.

De eso trataremos en la próxima entrega.

Oscar Juárez, politólogo.

Nota: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.